Yordanka Ariosa: una mujer de oxígeno

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por: Lourdes García / fotos: Titina

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     Yordanka Ariosa posee el don de la transformación instantánea, la magia de los tejedores de piel. Para su acto, solo necesita un teatro. Antes de entrar a la escena es una; manos que tiemblan, nervios en punta y náuseas. Dos traguitos de ron y un cigarro después, marcan la diferencia entre la mujer y la actriz.

     Se apagan las luces, llega el silencio y comienza su historia. Suena de fondo la música de Nina Simone. Esta vez, la única cubana que ha ganado la Concha de Plata del Festival de Cine de San Sebastián, está dispuesta a dejar de indagar en otros para pasar entonces a la explicación de ella misma. Abre el closet, guarda sus personajes del día a día y se dispone a conversar.

      “La Yordanka mujer es muy simple, de hecho soy bastante hermética, seria. Algunas personas me creen mayor porque soy bastante difícil, para socializar a veces tengo que tomar un traguito para desinhibirme, pero a la hora de actuar todo eso se va, se pierde. La actriz es otra cosa. Asumo los personajes con –yo no diría valentía– pero sí algo que se le acerca. En la vida soy un poco más cobarde o algo así”.

     De esta manera la descubre VISTAR, en la dinámica de los cambios y las transiciones hacia uno y otro rol. Desprende espontaneidad e histrionismo en cada uno de sus gestos. Para ella los límites entre la actriz y la mujer están bien determinados, para nosotros, los que miramos de fuera, todo se trata de continuidad.


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       “Cuando pongo un pie en el escenario creo que algo se apodera de mí. Antes de entrar, en el camerino, siempre me pregunto ¿por qué no fui cosmonauta? y de repente cuando salgo a escena, todo queda atrás. Me siento hechizada, como si se me montara un muerto, vaya”, confiesa entre risas esta espirituana que figura hoy en la selecta lista de actrices mundiales que han obtenido semejante galardón, en un certamen de categoría A en el mundo del séptimo arte.

      Su personaje de Magdalena en la película El Rey en La Habana, del director español Agustí Villaronga –conocido por ser una especie de Rey Midas con las actrices que dirige–, ha puesto a Yordanka dentro de la órbita internacional y la señala, con un poco más de tres décadas de vida, como una de las consagradas de la escena cubana.

     “Lo que me pasa con el teatro es que yo lo tengo todo como a nivel intelectual, no soy como otros actores que se lanzan a interpretar un personaje. Primero tengo que entender, cuando eso sucede entonces me dejo llevar y todo fluye. Puedo describir el teatro como algo racional y mágico. Existe una contradicción, claro, y es precisamente eso lo que me atrapa; cómo algo que requiere de tanto intelecto puede ser inexplicable. La duda de no poder explicar el teatro y lo que siento, me mantiene atada”, aclara esta mujer que se inició en el cine con un pequeño papel en la película cubana Bocaccerías Habaneras.

     Aunque no se siente negada, su incursión tardó en llegar a la televisión y al sétimo arte porque en algunas ocasiones percibió actitudes negativas que la hicieron apartarse de la posibilidad de navegar en estos medios. “Aquí existe un pensamiento –que no lo tienen todos– de que los actores de teatro no podemos trabajar en nada más, pero en la realidad el actor es uno solo, lo que varía son los códigos de cada medio. He ido a castings donde, solo con verme y sin hacer la prueba, me han dicho que no soy lo que buscan. Esas experiencias me hicieron negarme la posibilidad de otros proyectos, hasta que llegó Bocaccerías… donde el trabajo con el director Arturo Soto, para mí un sol, hizo que me reconciliara con el cine”.


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     Cuando era pequeña recortaba revistas y pegaba en sus libretas las imágenes de los protagonistas de novelas y películas. En su familia, la única conexión con el arte era la música; por eso su primer contacto con este mundo comenzó en la Escuela Elemental de Música en Sancti Spíritus, donde estudió piano y canto coral. Tal vez por ello hoy, uno de sus grandes sueños sea llegar a protagonizar un musical en Broadway.

       “Yo me fui construyendo poco a poco porque no tengo en la familia nadie que se haya dedicado antes al oficio de la actuación. Me di cuenta de que algo faltaba y supongo que a partir de ahí, empecé a buscar otras cosas”, comenta en la intimidad de la salita de la casa de su manager y amigo Jazz Vilá, quien jugó un papel fundamental en su interpretación de Magdalena, rol que la coronara como una de las promesas más sólidas del panorama escénico en la Isla.

       Poco tienen en común. Más allá del aspecto físico, una y otra se contraponen. Magda anula –en esa cruel realidad del Periodo Especial donde se desarrolla El Rey en La Habana–, cualquier resto de Yordanka. La mujer detrás del libreto, sencillamente, sucumbe.

     “Los puntos en contacto que tengo con Magdalena son muy pocos, solo que soy negra y flaca. Ella resulta un ser humano dispuesto a hacer cualquier cosa para sobrevivir y sé que existen muchas cosas que yo no haría. Tuve que violentar mucho mi personalidad y mi espíritu para poder encarnar el personaje. Incluso, tuve que ahondar en una religión que entiendo y respeto, pero que no conozco de manera amplia. Ella tiene santo hecho, en un momento de la película monta un muerto y para ello yo tuve que investigar”.


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      “Todo fue muy difícil. Eran escenas duras, en condiciones duras, que reflejaban un período duro de Cuba. Al protagonista lo conocí en la pre filmación y solo tuvimos cuatro días para conocernos, gracias a Dios tuvimos química”, rememora la Ariosa, quien confiesa sus deseos de ser dirigida algún día por Pedro Almodóvar.

    “Recuerdo ahora mismo la escena en el basurero. Kilómetros y kilómetros de basura, moscas por todos lados y nosotros con nasobucos puestos porque aquello era insoportable. Añádele a eso que tuve que permitir que tres ratones –de laboratorio, pintados de gris– me caminaran por encima. Las escenas de sexo también fueron complicadas porque el protagonista era un niño de 16 años sin formación de teatro aunque, en realidad, cogía todas las indicaciones al vuelo”.

      Al escucharla, entendemos la verdadera dimensión de su entrega por el arte de vestir otras pieles. Recordamos su cara de asombro al recibir la Concha de Plata en San Sebastián como Mejor Actriz y presenciamos su humildad; esa que le viene de familia y le permite estar en la tierra, aunque su nombre se inscriba en medio de una constelación de estrellas.

      “No creo que pueda expresar nunca con palabras lo que significó un premio de esta envergadura con mi primer personaje protagónico en el cine. Me dio un poco más de confianza en mí como actriz, eso sí, un poquito más; porque ahora me lanzo, ya no tengo el temor de fracasar fuera del teatro, que es mi zona de confort. Trabajar con Agustí Villaronga fue una experiencia maravillosa desde el proceso de casting, porque pone a los actores en el lugar más importante. Eso lo sentí, él me arropó como actriz y ni siquiera le dio paso a los miedos que yo tenía”.

      “También he visto el cambio de actitud de las personas del medio, nunca fue mala, siempre me han tratado bien, pero ahora es mejor. Creo que ellos sienten que el galardón no es solamente mío, y de alguna manera es así, porque es también un premio a la cultura cubana”.


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      Llegar a escena deviene sinónimo de respiración. Yordanka late ahí, al aire libre, entre butacas, luces, escenografía y miradas escrutadoras. Se refugia en la reacción del público, la euforia, sus señales. Cada actor vive el teatro de una manera diferente. En el caso de Yordanka Ariosa, el teatro se traduce en una palabra: oxígeno.

     “Siento que otra cosa que me ata es el público, la cercanía, la respuesta inmediata. En el teatro tienes la reacción durante la obra y eso te va llenando, incluso puedes cambiar en algún momento una intención porque de repente sentiste que al público no le llegó una acción determinada. Es un ejercicio de constante cambio. Cuando pones el hecho teatral a funcionar y obtienes esa respuesta inmediata, quedas atrapado”.

      De sus secretos cuenta que le hubiese gustado protagonizar las tres versiones de Lucía, el clásico cinematográfico cubano, y que le encantaría tener un bebé, aunque para ello necesita primero tener una casa, un espacio propio.

     A Cuba la señala con una palabra: calor. “Porque cuando tienes frío te hace falta el calor, pero cuando tienes calor, te asfixias. Por eso es que necesito tanto el oxígeno, el teatro”.

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