Sonido Chicoy: El arte de ser camaleónico

Categorías: Invitados

por: Lorena Sánchez / fotos: Titina


article_photo


   En un cuarto de baño, guitarra en mano y a escondidas, Jorge Luis Valdés (Chicoy) aprendió a tocar sus primeros riffs. La guitarra, un préstamo no autorizado por su madre, se convirtió así en uno de los instrumentos más visitados por aquel niño de apenas siete años, quien paradójicamente antes se había inclinado también hacia una trompeta sin pistones, destinada, no se sabe cómo ni por qué, a una banda que respondía al nombre de Los Asesinos del Ritmo: una orquesta formada por varios muchachos del barrio –de aquel Vedado, calle H y 15, donde Chicoy había nacido- y cuyo formato lo comprendía la tumbadora, el bongó, unas maracas y su tan sonada trompeta.

   Sin piano, sin conciencia cierta de lo que significaba hacer música, aquellos niños tocaban temas de un grande en Cuba como Chapottín. Canciones como “La Guarapachanga”, “Baila José Ramón”, se convirtieron quizá en el primer repertorio de Chicoy, en su primera banda sonora.

   “Estábamos asesinando el ritmo de verdad”, bromea el artista. No obstante, dicen los que saben, que quien nace músico tiene a su alrededor un ambiente favorable para que esta inclinación se desarrolle. Ya sea en la calle, en el barrio, o en su propia familia, encuentra los primeros cimientos.

   En Chicoy, esta vez, la regla se cumplió en su totalidad: En un abuelo que tocaba la mandolina; la abuela como profesora de piano; su madre guitarrista, aprendiz en una escuela inglesa –con influencias jazzísticas, de las big band norteamericanas-; y en un padre fanático a las sonoridades insulares; el artista encontró su propio hábitat.  

    Luego vinieron los 70. Un Chicoy adolescente tocando en fiestas junto a un grupo de aficionados que se hacían llamar Los Jets. Tiempos en que, ante la ausencia de grabadoras, amplificadores y discos, las bandas iban de un lado a otro, a bodas y fiestas de quince. Así hasta que llegaron Los Barba, esa suerte de grupo profesional primigenio con cierta fusión de rock, música beat y soul.


article_photo


   “Si bien tocaba rock, cuando descubrí el blues, me volví loco. Sin saber que era la base del rock, comencé a sacar algunos acordes con la guitarra. A la misma vez, lo consultaba con otros guitarristas como Pablo Menéndez, del grupo Mezcla, quien por esos tiempos tocaba en el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, con quien aprendí a mejorar la posición de la mano”, comenta Chicoy.

   Su encuentro con Bobby Carcassés supuso también otro descubrimiento: el jazz. Todos los lunes en el Johnny Dreams, lo que más tarde se denominó rock-jazz tomó forma en aquellas descargas de noches habaneras al mejor estilo de las postrimerías de los 70. “Siendo un rockero –marcado por otros grandes como Jimmy Page, de Led Zeppelin, Jimi Hendrix o los Rolling Stones-, cuando nadie en Cuba imaginaba que aquello era posible, tocaba con músicos de jazz y me fascinaba. Siempre tuve esa inquietud por los guitarristas del jazz”.

   Hasta que llegó Felipe Dulzaides. Junto al maestro de generaciones, Chicoy se desprendió del rock and roll y se volcó por completo a la escena jazzística. Durante cuatro años, noche tras noche, todo el repertorio standard del jazz se incorporó a sus maneras de hacer.


   El jazz surgió a finales del siglo XIX en Estados Unidos. ¿Existen diferencias entre el jazz anglosajón y aquel que se hace en Cuba? 

   El jazz de Cuba es cubano completamente. Aquí nadie toca ni quiere tocar jazz como los americanos. Los más jóvenes, incluso, prefieren no parecerse a nadie. No obstante, no se puede decir lo mismo de los músicos de rock, más apegados al sonido original de los ingleses o norteamericanos. Luego de tener la experiencia de viajar por todo el mundo, te percatas que estás fracasado si los imitas. El rock and roll, por ejemplo, tienes que vivir en ese mundo para hacerlo. Es tocar y vivir como rockanrolero, quien aunque no sea nadie, tiene una conducta, una forma de vida, diferente a la del músico de jazz o el afrocubano. La música no es algo aislado, tiene su idiosincrasia.

 


article_photo


   Fue en El Elegante del Riviera, donde Chicoy conoció también a ese gran trompetista cubano que fuera Arturo Sandoval, quien en 1985 lo invitara a formar parte de su agrupación. Con Sandoval retornaron entonces el blues, el rock, la fusión, todo el background inicial. Llegaron los Festivales de jazz más importantes del orbe, las presentaciones junto a figuras de clase mundial como Wynton Marsalis, Herbie Hancock, Michel Legrand, entre otros. Hasta 1990.

   En los 90, con Perspectiva –una banda fundada por el pianista Hilario Durán- no solo hizo de las suyas en la guitarra, sino que también incursionó como compositor. “Ese fue un gran grupo, pero que no tuvo suerte. Grabamos algunos discos -o cassette, el formato propio de aquellos tiempos-, que aun hoy deben andar por ahí, en algún lugar, perdidos”.

   Entonces llegó Irakere, “la universidad de la música, una banda poderosa”, con la cual el guitarrista se presentó en varios escenarios de Nueva York: “uno de esos momentos más fuertes de mi vida”. Como también lo fuera el fonograma Rhythms del Mundo, donde varios artistas de la talla de Sting, U2, Coldplay, Jack Johnson –entre otros- trasladaron sus canciones originales a géneros como el son cubano o afrocubano. Un álbum donde también participaron grandes del pentagrama nacional provenientes de ese fenómeno que fue el Buena Vista Social Club.

   Con Omara Portuondo, la novia del feeling, grabó el CD “Gracias”, ganador del Latin Grammy en 2009, como mejor álbum de música tropical. Pasando así, Chicoy, por diversos estilos musicales, siempre marcando algunas pautas en cada uno de ellos.

   “Internacionalmente existen músicos que tienen un sonido propio, se identifican por un estilo y son muy arraigados a él”, dice finalmente el guitarrista. “Artistas que han creado un rostro, como por ejemplo Carlos Santana o Jimi Hendrix. Al escucharlos, sabes que estás escuchando el sonido Santana o Hendrix. No hay de otra. Lo mismo sucede en el jazz, existen colores, tonalidades.

    “No creo haber creado una sonoridad propia, he sido un músico camaleónico. Pasé por varios estilos, desde el blues, el rock, el jazz, la música cubana. Pero sí hice música, aquella que me pedía el cuerpo. Hoy en día, cuando no tengo ya nada que demostrar, cuando me inclino más a tocar junto a mi hijo (el baterista Oliver Valdés), a hacer proyectos juntos, siento que toco la guitarra como mismo respiro o camino, disfrutando sin presión alguna”.

0
Comparte este artículo en: