Remedios: un ritual de luz

Categorías: Crónicas

por: Lia Fleites / fotos: Alejandro Alfonso, Arien Chang

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    Siempre he pensado que la parranda remediana es el equivalente rural de los deportes extremos. Los cubanos probablemente no conozcan la seducción de la escalada, del bodyboard o del esquí.  Sin embargo, esa extraña tendencia del ser humano hacia lo cruel, el placer contenido en el riesgo, tiene que segregarse por algún canal. Permanecer la noche del 24 en la plaza principal de Remedios es el canal.

      Los barrios estallaron al caer la tarde con la naturalidad de un volcán. Fuego sostenido. En Remedios le llaman “diana”, es parte del ritual de luz. Desde un balcón alcancé a ver una joven con el rostro calcinado. Solo sentí desconcierto. En medio de la catarata hirviente las personas permanecían estáticas. Lo terrible también forma parte del espectáculo. Escuché en ese instante que en los ochenta explotó un depósito de pirotecnia emplazado en medio de la villa. Hubo muertos, muchos. Que a una muchacha se le encienda el rostro tal vez forme parte de algún orden, eso es Remedios en Nochebuena: el riesgo azaroso de una ruleta.


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     A la parranda le sobran símbolos, aunque no todos logren traducirlos. Remedios está cifrada. Solo se accede cuando empezamos a vivir la parranda, cuando la atmósfera sea blanca y al aire le pese la pólvora.  El Carmen es el dueño del fuego bonito, el escuadrón suicida de cualquier ejército, los que marcan los compases de la balada del ruido. El Carmen desafía. Su emblema es el gavilán. San Salvador se representa con un gallo. El espacio de la fiesta donde demorar la mirada. La artesanía cuidadosa, exquisita. Lucen el garbo de su animal.

     A medianoche se oficia la misa de El Gallo. La parroquial mayor, con sus trece altares de oro, está al centro de la villa, en medio de la fiesta, debajo del fuego. Probablemente sea Remedios el único sitio en el mundo donde la liturgia transcurra al tiempo en que el pueblo corea sus cantos populares. Al tiempo en que un hombre – en nombre de todos- orina en el portón principal de la iglesia. Eso es también la parranda: un mar pestilente de orina, un callejón de fritangas donde retorcerte en arcadas, un bullicio sordo, el paso que siempre será demorado, donde avanzar es un estado mental.


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     Quizá allí estribe la seducción, en la pobreza irradiante, la postal costumbrista que nos atrapa porque estamos hechos de su propia materia. La villa de Remedios en nochebuena puede ser terrible, triste, dulce. Puede ser hermosa, pero habría que descifrarla.

 

 

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