La Caliente Nacional

Categorías: Crónicas

por: Martica Minipunto / artista: Gabriel Lara


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    Tengo una amiga llamada C. A mi amiga le encanta desayunar una buena cerveza fría, y no se trata de ningún fetichismo alcohólico-dependiente de ella, mi amiga desea fervientemente una cervecita helada, “vestidita de novia”, con escarcha blanca, con humito delirante… Pero a mi amiga, que además del nutriente desayuno, merienda, almuerza y degusta a cualquier hora del día una cerveza, sabe que su deseo jamás será posible totalmente.

     Usted pregunta por una bebida lógicamente fría (no pienso que con estas temperaturas a alguien se le ocurra pedir un refresco al vapor), en cualquier establecimiento, y la respuesta es: “Está caliente”. Aunque todo no resulta tan fatídico, la respuesta de quien le atiende puede ser: “Compruébalo tú mismo”, y la persona, muy amable y deseosa por complacer tu petición, te alcanza una botellita a temperatura ambiente y te pregunta: “¿Te la pongo?”… Y al parecer, ni usted ni mi amiga C tienen la opción de degustar un juguito, una cervecita o un refresquito con todos los requisitos que exigen las bebidas comerciales en todas las épocas y en todas las naciones. Usted debe conformarse con la CALIENTE.

     Aunque trato de calmar a C, que es bien dada a las reclamaciones públicas, advirtiéndole que el “calentamiento nacional de la CRISTAL” no es la más grave de las preocupaciones ciudadanas por estas fechas; me pongo a pensar en lo triste y quejumbroso (ilógico, para ser más exacta) que habita en casi todos los servicios en Cuba. Sabemos de la archiconocida razón de la escasez de productos, de las ínfimas condiciones en las que se ofertan, etc... Sin embargo, pese a las burlescas reclamaciones mi amiga C ha comprado cervezas a temperatura ambiente más de mil veces.

    Eso me recuerda a un muchacho, muy amable y deseoso por complacer mi petición en un restaurante, bellamente decorado, que al traerme una SOL “vestidita de novia” se me para al lado y me pregunta: “¿Se la abro?”, dejándome con esta pobre réplica ante su excelsa imaginación: “No, cómo va a abrírmela, si yo he venido a comer a esta paladar y a comprar la cerveza al triple de su precio solo para llevármela a casa”.

     A veces no importa si está fría o caliente, ni siquiera el intento de amabilidad en el rostro de quien nos atiende, solo importa que tanto a usted como a mi amiga C no la dejen con el deseo vehemente de tomarse una cervecita fría que sopese la desesperación y acumulación ciudadana. Una acumulación que le entorpece en cada trámite y a cada paso que da. Y entre tantas complejidades, lo único que podría salvarle es un traguito consolador y frío, un poco de paz.  

    Me declaro en contra de la CALIENTE y hablo de la CALIENTE por no hablar de la HIRVIENTE. Pero eso ya ustedes podrán imaginarlo solitos…

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