Existen dos tipos de música: rock and rock

Categorías: Música / Conciertos

por: María Font / fotos: Yander Zamora

  

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   No importa cuántas veces hayas escuchado Sympathy for the Devil por The Rolling Stones. No importa que Mick Jagger no te seduzca con sus movimientos arrítmicos y sexuales desde el escenario, ni que la versión original supere a todas aquellas que puedan venir después. No importa, incluso, que Bernard Fowler se tome su tiempo, respire, tome agua, respire nuevamente. Ni que Brian Tichy haga un drums pausado, quizás dos o tres en la batería, mientras Yaimi Karell —la misma que hemos visto tocar con David Blanco o con Síntesis en fechas más recientes— hace de las suyas en la percusión.


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   Importa que en aquellos ritmos reconozcas la sonoridad de los Stones. Un poco metalera esta vez, no tan heavy. Un poco a lo The Dead Daisies. A lo Dezzy Reed en los teclados. En ese instante, hora y media después de iniciar el concierto, te percatas que no importa cuántas veces te hayas imaginado en algún concierto a estadio lleno, con algunos de los grandes monstruos del rock and roll a nivel mundial. Cantas Sympathy for the Devil porque sí, porque Fowler no es Jagger, pero bien podría ser Jesucristo, si se lo propusiera.


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   No importa que el Maxim Rock esté a medio reventar. Ni que las paredes suden, ni que tú sudes. Los solos de Richard Fortus son orgásmicos. Él siente la música, la digiere, la devora, le atraviesa el esófago, los intestinos y luego la expulsa. Mientras, John Corabi, una suerte de Jack Sparrow del heavy metal, interpreta algunos de los mejores singles de la banda. Angel in your eyes, It´s gonna take time, Lock `N`Load, son apenas las cartas de presentación del vocalista de Motley Crue.


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   Tampoco importa que Darryl Jones y Marco Mendoza —a ratos— intercalen su rol en el bajo, ni que esto suceda justo cuando te has acostumbrado a la técnica de uno u otro, a la proyección escénica de Marco, a ese vaivén sincronizado de Jones. Ni que David Lowy, el hombre que los unió, pase desapercibido entre tanto rock and roll. 


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   Para ti, que estás a varios metros del escenario, que intentas levantar la cabeza lo más posible, y pasar la vista por encima de todos aquellos que te anteceden; resulta irrelevante que The Beatles popularizaran Helter Skelter a finales de los 60, lo importante es que The Dead Daisies lo traiga ahora, cuarenta años después, y haga la versión más descollante que has oído en tu vida. Que John Corabi sea desgarrador, que Beatriz López, vocalista de Tesis de Menta, lo acompañe en el escenario y que se gane su lugar.


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   Que The Dead Daisies, en este su primer concierto en La Habana —bajo la etiqueta de rock por la paz, con auspicio del Instituto Cubano de la Música y de la Red en Defensa de la Humanidad— no solo abandere la música de los grupos que hicieron leyenda en los años 70 y 80, que se desdoblen, que se tornen metaleros por apenas unos instantes y que así, el rock clásico no muera.

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